Un mar de fueguitos...

"Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende."

Eduardo Galeano
( El mundo , de "El libro de los abrazos")

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domingo, 3 de julio de 2011

NELSON y la Fiesta Prov. del Pollo Asado

En el club Boca de Nelson, localidad emplazada en el extremo Norte del dep. La Capital, de la provincia de Santa Fe, se realizó la 2º edición de la "Fiesta Provincial del Pollo Asado". En la misma se eligió a la reina 2011 que recayó en la representante del club Unión de la ciudad de Santa Fe, señorita Iara Massimino. Además la fiesta contó con la presencia de reinas de otros eventos, como de la "Fiesta Nacional de Ferroviario" que se realiza anualmente en la ciudad de Laguna Paiva, La señorita Sofía Melania Clebot.

Ambas reinas muy gentilmenmte nos visitaron en el programa ¿Escuchan en el fondo" de LT10, Radio Universidad Nacional de Litoral, gesto el cual agradecemos.


Sofía Melania Clebot e Iara Nassimino: reinas "Fiesta Nac. del Ferroviario", y "Fiesta Prov. del Pollo Asado" respectivamente.



En el estudio de LT10, Radio Universidad...

Posando junto a las reinas en el estudio de la radio universitaria

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Hasta la proxima historia....

lunes, 13 de junio de 2011

GESSLER... 2º Entrada

Localidad de Gessler, departamento: San Jerónimo. Nota histórica y fotos del pueblo de Gessler buscar en anteriores entradas.

Aqui un comentario de Cintia, impreso en Gessler (post anterior) haciendo referencia a un acontecimiento cultural del pueblo que tiene más de treinta años de vigencia.

"Quisiera hacer un pequeño aporte a los datos de Gessler puesto que es que la música y la danza son, sin dudas al igual que los cuentos y los relatos, un modo de volver, de retornar, de renacer, volver a las "nanas" de nuestras abuelas esas! las de los ojos gringos, de donde vengo... Gessler cuenta con una institción cultural que se encarga de manera frecuente y apasionada, de rescatar y transmitir el saber popular del pueblo.

"Año a año convoca desde el folklore (Gessler, folklore para todos: canto, música, danzas, artesanías) a una cantidad preponderante de artístas que visitan nuestro pueblo y colonia y contribuyen al crecimiento no solo artístico sino también social de toda la región.

"Considero se lo debe tener en cuenta, porque gracias a este bello fenómeno popular de la danza y el canto yo recorri desde Gessler todo mi país y hasta otros... orgullosa estoy de mi pampa verde, que también tiene canción en honor a nuestros primeros pobladores (Rancherita de mi Gessler), y orgullosa estoy también de haber aprendido este bello lenguaje de la danza en el prestigioso Instito "Mi Partria" que desde 1980 brega y lucha para que la semilla del amor por el patrimonio cultural no se pierda.

Un abrazo geslerino con sabor único".

Todo dicho.....





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Hasta la próxima historia...

lunes, 16 de mayo de 2011

LA BRAVA... Dep. San Javier

La Brava fue fundada por el Gobierno Provincial en 1888 y tres años más tarde ocuparon el lugar, los primeros pobladores, aprovechando la donación de tierras fiscales. Su comuna, habría de ser creada recién el 4 de noviembre de 1965. La localidad de La Brava (conocida en la zona como Colonia La Brava) es cabecera del distrito comunal de la misma denominación, cuya superficie comprende 472 kilómetros cuadrados.

Distante 178 Km. de la ciudad capital de la provinvia de Santa Fe, se arriba por RN 11 rumbo norte hasta antes de llegar a Gobernador Crespo girando por RP 39 unos 3o Km. rumbo Este.

Festeja sus fiestas patronales el 7 de octubre, en homenaje a la Virgen del Rosario.

"Historias de Pueblos Olvidados" (Radio Universidad de Santa Fe), y blog "Allá lejos... mi pueblo" convocó a la señora Beatriz Gutierrez, oriunda de La Brava, a contarnos historias de su pueblo natal.-




GALERIA DE IMAGENES

Un momento de la entrevista a Beatriz Gutierrez en el estudio de la radio (LT10)


Entrada a Colonia La Brava


La misma entrada antes de ser pavimentada










Dos tomas fotográficas del Arroyo Saladillo a la altura de La Brava

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Nota: fotos de La Brava de "verfotode.org


Hasta la próxima historia....

sábado, 9 de abril de 2011

NARÉ, PUEBLO DEL DEP. SAN JSUTO

Una maestra está haciendo dedo en el ingreso del pueblo, justo donde empieza el camino de tierra, desde hace algo más de un año mejorado con ripio. Desde hace un buen rato permanece bajo el fuerte sol del mediodía, a la espera de algún pueblerino o productor servicial que la acerque hasta Videla. Es que ninguna empresa dedicada transporte de pasajeros ingresa en la actualidad a Naré. Y eso implica una pequeña y cotidiana odisea para los docentes que cada día llegan de localidades vecinas a cumplir con su deber en la escuela primaria del lugar.

Hasta casi 20 años atrás, la realidad de este pequeño pueblito del departamento San Justo, ubicado unos 20 kilómetros al este de la Ruta Nacional 11, era radicalmente diferente: todavía contaba con el tren como vínculo con el resto del centro norte de la provincia. Hoy, Naré se encuentra en cierta medida en una situación peor de la que estaba con el ferrocarril sostienen los narenses

Un ejemplo práctico, que ilustra con claridad como es la vida cotidiana en el pueblo, tiene directa relación con la inexistencia en la actualidad de cualquier tipo de diarios, periódicos o revistas. Mientras que tres lustros atrás, “una hora después de que el diario salía en Santa Fe, lo teníamos acá". Algo similar ocurre con la correspondencia: la comuna debe ocuparse hoy de retirarla en San Justo -distante más de 30 kilómetros-, mientras que el tren garantizaba la llegada de cualquier misiva en tiempo y forma.

El tren era todo


Las callecitas de Naré conservan esa impronta tan característica de los pueblos chicos. El almacén de ramos generales, la iglesia y alguna que otra casona que envejece, son vestigios del auge que vivió el pueblo décadas atrás. Naré llegó a tener alrededor de mil habitantes en su auge. Después decayó hasta tener menos de 500, y hoy está aproximadamente en 600 pobladores.

Volver a vivir

Para la gente de Naré, la posibilidad de que los trenes vuelvan a pasar por esa estación ubicada a poca distancia de sus casas sería "prácticamente volver a vivir". Incluso les permitiría empezar a soñar y a proyectar en serio. Este pueblo, al igual que otros, fue testigo de un país del que no sólo formaba parte como un punto más en el mapa, sino como pieza fundamental de un modelo de desarrollo, al que estaba vinculado gracias al ferrocarril. Hoy, sus habitantes se aferran a la posibilidad de que la vuelta del tren les ayude a recuperar su identidad.

Fuente: diario El Litoral (Santa Fe)

Leyenda del cacique Naré


El fuego que bautizó a un pueblo

Por: Oscar Aguiar (Naré)

El verano era caliente en Santa Fe, el sol golpeaba a pleno en esa zona, tal vez era febrero, el cacique de aquella tribu de abipones acababa de llegar con su carga de pescados, todos ensartados en la vara de su lanza, los sábalos se desparramaron por el suelo al volcarlos sobre el extremo.

El calor era agobiante, al sur gruesos nubarrones presagiaban una inminente tormenta, se elevó sobre su figura y miró el cielo, su tez desnuda y bronceada mostraba la imagen de un gran ejemplar de hombre, pero el cacique estaba preocupado, precisamente en ese tiempo debería nacer su primer hijo...


Miró hacia la choza de paja donde su mujer, tendida en el suelo estaba a punto de dar a luz. Una ráfaga de viento le movió los cabellos como acariciándolos, el indio se golpeó el pecho pidiendo al cielo una señal. Su hijo nacería y debería ponerle un nombre… la tradición indicaba que él no debía presenciar su nacimiento.

Se internó en el monte cercano, mientras que los primeros truenos se hacían escuchar y los relámpagos, cada vez más cercanos, anunciaban la tormenta. El llanto del niño y el griterío de las mujeres de la tribu anunciaron que el bebé había nacido en ese momento.

Un relámpago cegó al cacique, seguido de un tremendo ruido el trueno ensordeció al hombre y un viejo algarrobo seco empezó a arder, el rayo había caído justamente en él. Enseguida el fuego se extendió por la misma acción del calor.

El cacique había quedado paralizado un poco por la emoción de ser padre y un poco, tal vez, por el rayo que había caído a pocos metros de él.
El fuego le quemó los pies desnudos y entonces corrió gritando para que toda la tribu se alertara ¡Naré, Naré, Naré!

Entró a la choza y tomó a su hijo en brazos, lo levantó hacia el cielo y gritó ¡Naré!, que en lengua abipona quiere decir fuego... de esa manera también quedó bautizado su hijo. Luego tomó a su esposa en brazos y con ella y el niño, corrieron hacia el arroyo Saladillo cercano, se internaron entre sus aguas; dejó al niño en brazos de su mujer y regresó a la tribu para ayudar a su gente, que corría desesperada hacia el río.
El fuego destruyó todo, nada quedó de aquel campamento indígena; pero el nativo era terco y esa fue una circunstancia, así la tribu que con el tiempo construyó sus chozas.

Me siento libre como el viento, ágil y violento como un felino, lindo como el sol y suave como la luna; su padre se sentía orgulloso de él, que aunque tuvo otros hermanos, Naré fue el preferido del cacique.

Pero un día Naré formó su propia familia y con su pareja emigró de la tribu, otras parejas de abipones lo siguieron y un día encontraron un lugar excepcional... los dos Saladillos se unían... cosa que ellos jamás se habían imaginado, altas lomadas con frondosos árboles, buena caza, buena pesca...
Naré pensó: “éste es el lugar ideal, aquí siempre habrá aguas y peces... y siempre habrá caza, porque los animales necesitan agua para poder vivir”
¡Éste es el lugar para acampar y formar mi tribu!

Y allí se afincó con su gente, donde vivió muchos años en la unión de los Saladillos dulce y amargo, hoy Puente Las Cañas.



GALERIA DE IMAGENES


Camino a Naré


Llegando a Naré por RP 61 desde el Oeste


Escuela primeria


Sala de jardin de la escuela de Naré. En la foto Carina Aguiar, docente.


Iglesia Santa Isabel de Hungría


Calle de Naré


Vías de la ex estación ferroviaria



Calles del pueblo


Puente La Cañas. punto de encuentro de los saladillos Amargo y Dulce donde, según la leyenda, eleigió el cacique Nare, para afincar su tribu.


A lo lejos se observa una gran lomada con árboles de varias especies que, a pesar de la tala de montes, se mantiene imponente. Aqui se pueden encontrar restos de manualidades de la tribu del cacique Nare.


Lugar que habitó el cacique Nare-


Monumento del centenario. Centro: escudo de Naré; izquierda: tiempo del progreso, la estación ferroviaria y la llegada de los colonos inmigrantes, derecha: la representación de las comunidades indígenas que habitaron e el lugar.


Patio de la casa de don Oscar Aguiar, historiador del pueblo. Al fondo un ombú de 60 años


Una toma de la huerta organica de don Oscar

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Hasta la próxima historia....

lunes, 28 de marzo de 2011

Oroño bajo la maleza y el olvido

Esta es la historia de Oroño, un pueblo del interior de la provincia de Santa Fe pero que podría ser la historia de tantos pueblos a lo largo y ancho de nuestra patria. La provincia de Santa Fe está compuesta por 362 distritos entre pequeñas localidades y ciudades, y de éstas, más de un centenar está en riesgo de desaparecer por despoblamiento. Así lo muestra una comparación resultante de los censos de 1991 y 2001. (Los datos del censo 2010 aún se desconocen).

Pero en esta situación no se tiene en cuenta a las pequeñas poblaciones rurales emplazadas en el interior de las colonias -o campos propiamente dicho- que forman parte de algunos de los distritos mencionados y que tienen vida propia e independiente de aquellos. Si se tuviera en cuenta estos micro urbanismos, serían más del doble las poblaciones en riesgo de desaparición de las que se mencionan en distintos medios gráficos de tirada nacionales, amén de los ya desaparecidos totalmente.

Algunos ejemplos son: Oroño, en el departamento San Gerónimo; Nevada, Pantanoso, Ovejitas, La Mora, La Rinconada, en el norte del departamento San Justo; San Pedro, en el departamento La Capital;…y las poblaciones que han quedado reducidas al mínimo: La Blanca; Pedro Gómez Cello; Iriondo; ABC; La Teresita; Francisco Paz…éstas de los lugares que hemos visitado en estos casi 4 años de programa “Historias de Pueblos Olvidados” y blog “Allá Lejos….Mi Pueblo”.-

En el presente posteado, segunda y última entrada que denominamos: “Francisco Paz y Oroño, dos pueblo vacíos”, les presentamos a Oroño, “el dolor de ya no ser”. Un pueblo desaparecido, cuyos despojos yacen bajo la maleza que crece anárquicamente por la falta de la presencia humana, y donde ha quedado solo un (a) habitante real del pueblo original.

EL DOLOR DE YA NO SER”

Como se puede leer en el libro “Análisis integral de la Provincia de Santa Fe”, Oroño es uno de los únicos casos en la provincia que responden a la supresión de una comuna…. Tal vez el más representativo, ya que después de 70 años de vigencia, dejo de tener efecto en el pueblo, el presidente comunal.

Fundado en 1873 por quien fuera gobernador de la provincia durante el período 1865-68, Dn Nicasio Oroño, el pueblo tuvo su comuna a partir del 16 de septiembre de 1886, mientras que su distrito ocupaba 43 kilómetros cuadrados. Sin embargo, por decreto del 7 de mayo de 1957, se dispuso la cancelación del ejercicio de dicha comuna, por lo que el pueblo pasó a jurisdicción de Gessler, distante 6 kilómetros al Norte.

También conspiró desfavorablemente para su desarrollo, la clausura de su servicio ferroviario, operada pocos años después, el cual correspondía al ramal Empalme San Carlos – Gálvez, del FF. C.C. Belgrano. Por lo tanto, Oroño ha pasado a ser un pueblo aislado, distante 65 km. de la ciudad de Santa Fe.

En la actualidad se pueden observar solo ruinas de lo que fue un pueblo pujante y cargado de esperanzas. La estación ferroviaria que marcaba el ritmo y la vida del pueblo; el molino harinero que recuerda un tiempo de infinitos trigales; el viejo y derruido edificio de la comuna donde también funcionó la escuelita primaria; callecitas mudas aún visibles perdidas entre la maleza y la vegetación crecida anárquicamente a causa del olvido.

Y en los campos ya no se ve el lento desfile de las vacas rumbo a los tambos para su ordeñe diario, y donde los montes desaparecieron bajo la sierra del hombre haciendo llanuras por donde se marchó la gente.

Todo es destrucción, olvido, silencio, tristeza. Como decir que ha quedado solo un(a) habitante que pasa sus días junto a su gato, sus dos perritos, un lorito, su jardín y la huerta.
Doña Beba Odetti, con sus jóvenes 81 años recrea para nosotros la historia de su “viejo” Oroño que seguramente se esfumará con su muerte.

NUESTRA CONVERSACION CON DOÑA BEBA
(Entrevista realizada en agosto de 2009)

Ya había entrado la noche cuando llegamos a su casa. Con una lamparita a kerosene en su mano (no hay servicio de energía eléctrica) doña beba nos invitó a pasar. Una vez en el interior de la casa, con la ayuda de “tito”, un compañero de la radio y de viaje en esta oportunidad, doña beba encendió el “sol de noche.” (Quien alguna vez vivió en el campo, antes de la electrificación rural, sabe de lo que hablo).


Doña Beba con su farol a gas (sol de noche)

¿Doña beba, a que edad llegó Usted a Oroño?
_Bueno…yo llegué a Oroño cuando tenía 11 ó 12 años, fue en 1941 pero desde antes y desde el campo ya venía a la escuela.

_ ¿y qué recuerda del pueblo de aquellos años?
_ Que había mucha gente. Muchas casas y también negocios: almacenes de ramos generales, boliches, salón de bailes, panadería y también una botica (farmacia). Lo único que faltó siempre fue doctor, por lo que teníamos que ir hasta el otro pueblo. Pero un día la gente se empezó a ir, desarmaba su casa y se iba a otros lugares en busca de trabajo.

_ ¿Qué hacía Usted y los demás chicos en el pueblo?
_ Bueno…íbamos a la escuela cuyo edificio ya no existe…ayudaba en mi casa y a veces con mis hermanos nos escapábamos a la estación a ver pasar el tren y el coche motor.

_ ¿Cuántos alumnos eran en esa escuelita que ya no existe?
_ Eramos 35 alumnos aproximadamente.

_ ¿Eran de familia numerosa?
_ Mi padre, mi madre y 6 hermanos. Todos vivimos aquí aunque algunos luego de casarse se mudaron a otros lugares. Ahora quedamos solo tres. En Oroño quedé yo sola.
_
¿A qué se dedicaba su padre?

_ El molino harinero era la fuente de trabajo más importante del pueblo por aquellos años. Mi abuelo transportaba la cosecha de trigo hacia el molino. Luego se incendió y quedó cerrado un tiempo. Volvió a funcionar y otra vez se incendió; de allí nunca más abrió sus puertas. Tampoco se supo que pasó verdaderamente.
Además, había sido decretado monumento histórico y no sé porque se dejo abandonar tanto. Ha quedado reducido a escombros.
_
¿Cómo es vivir hoy en Oroño?

_ Aquí no ha quedado nada ni nadie. Las compras las hacemos en Gessler o Larrechea (dos pueblos vecinos). Hay que dejar que pasen las horas no más….

_ ¿Qué le encuentra de lindo a este lugar?

_ De lindo nada. (Risas) Pero estoy tan acostumbrada a todo eso que no me doy cuenta ni siquiera del tiempo que pasa. Hace 32 años que murió mi esposo y siempre me quedé aquí.


Portillos de entrada a la casa de doña beba


Doña Beba, al igual que La Oma, también tiene un lorito con quien gasta sus horas del día

_ ¿Cómo es un día suyo?
_ Bueno…me levanto a las 7 y media de la mañana y me acuesto con la noche aunque temprano. A veces se me hace corto el día… tengo mi jardín, la huerta, los pajaritos que atender, algunas gallinas….

Y doña beba sigue hablando y recordando frente al grabador que da vueltas y vueltas mientras con tito le tomamos algunas fotos sin antes acomodarse un poco su cabello. De tanto silencio y falta de un oído que la escuche, no se dejó nada que pudiera contar.

_ Doña beba, ¿Pensó alguna vez en irse de este Oroño?
_ No. Nunca. Yo nací en el campo muy cerca y desde muy pequeña que vivo aquí. Me siento parte de cada ladrillo de esta casa, y en cada rinconcito de este lugar tengo un recuerdo, mis recuerdos mas queridos, mas añorados… por eso no me puedo ir. Me sacarán cuando me muera.

Nos despedimos y doña beba nos invita a regresar, compromiso que asumimos con tito que mucho le costó volver y encontrarse con esa historia que lo formó. Vi la alegría reflejada en el rostro de doña beba como también la emoción del amigo que se reencontraba con una parte de su pasado inolvidable.

Y la promesa la cumplimos. Volvimos a Oroño y fuimos a visitar a doña Beba, que a decir verdad su nombre es Genoveva, que el próximo 1º de abril cumplirá 84 años. Volveremos para festejar su cumpleaños.


GALERIA DE IMAGENES

Camino por el cual se arriba a Oroño

Ruinas de la estacion ferroviaria

Lo que quedó del anden.. solo una pared de ladrillos colocados de rafa

Otra toma del edificio de la estación



Herramientas rurales de la época olvidadas entre la maleza



Era la em,presa molinera mas importante de la zona

Lo que queda de la chimenea del molino en el cual también había una panadería
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Hasta la próxima historia...

jueves, 10 de marzo de 2011

FRANCISCO PAZ Y OROÑO, DOS PUEBLOS VACIOS

Los pueblos Francisco Paz y Oroño tienen una historia análoga en cuanto al olvido, lo que hace que de a poco vayan desapareciendo. Francisco Paz, con sus 8 habitantes, en el sur de la provincia, y Oroño, en el centro santafesino, con un solo habitante y octogenario, yace bajo la maleza que crece indiscriminadamente a falta de la presencia humana.

En este primer posteado de esta historia, les presentamos a Francisco Paz.

Francisco Paz, un pueblo santafesino de una sola esquina

Allí, a unos nueve kilómetros al oeste de Santa Teresa, alguna vez supieron ser más de un centenar, pero hoy -y desde hace más de una década- son sólo ocho los pobladores que resisten con estoicismo el abandono del terruño que los vio nacer y crecer.

Sin la ayuda de algún cartel indicador que guíe al visitante, es necesario andar un rato por polvorientos pero bien cuidados caminos rurales para llegar a este pequeño paraje que, definitivamente, parece haber perdido una desigual pelea contra el paso del tiempo.

Francisco Paz tiene trescientos metros de largo y una sola esquina. A lo largo de la calle, un tupido monte de eucaliptos, acacias y moras salvajes amenazan con tapar todo lo que queda de lo que alguna vez fue un proyecto de pueblo rural. Enfrente, un puñado de derruidas construcciones -algunas abandonadas- devuelven un paisaje detenido hace décadas.

En la única esquina del paraje, un oxidado surtidor a palanca hace las veces de incólume testigo de casi un siglo de historia, de épocas cuando el campo era una epopeya de trabajo, y los sueños de los primeros inmigrantes se hacían realidad de la mano del sacrificio sin cuartel.


Rastro de un rico pasado

"Aprobado por la Dirección General de Combustibles", reza aún, ostentosa, una chapa adherida al surtidor marca Siam Di Tella, acaso la única muestra de un rico pasado que, paradójicamente, quedó trunco por efecto de un progreso que, parado en la única esquina, el cronista no alcanza a discernir.

Con la amabilidad propia de la gente de campo, y con todo el tiempo del mundo, Rubén Agud se convierte en improvisado guía y contador de historias de Francisco Paz, el pueblo que se podría decir fundaron sus abuelos; donde nacieron sus padres, él, su hermano y hasta su sobrino.

"Mis abuelos, Rafael y Andresa, vinieron de España y se instalaron aquí en 1923. Mi abuela sabía contar cuando llegaron que aquí atrás sólo había una familia de indígenas, que después la trasladaron al norte", relata este hombre de 42 años, que tiene un parecido a Marcos Mundstock que realmente impresiona.

Los Agud son seis, y junto a los hermanos Marsol los únicos habitantes del paraje. "En la esquina, mi abuelo y después mi padre tuvieron un almacén de ramos generales, carnicería, panadería y hasta peluquería. Aquí al lado funcionaba una oficina de correos, y en aquella ventana verde está la habitación donde nació mi papá", describe Rubén.

"Yo era chico, pero me acuerdo cuando aquí adelante estaba lleno de sulkys de la gente que venía a hacer las compras, y los días de lluvia, cuando en el campo no se podía trabajar, era todo una fiesta", recuerda.

Sentado sobre una vieja tabla de quebracho que alguna vez supo estar ubicada en la vereda del almacén, con la mirada enfilada hacia la única esquina, reconoce las causas de aquel trunco destino: "Esto se fue cayendo cuando durante el gobierno del general Onganía se expulsó a los productores de las chacras. Entonces ya no quedó más gente en el campo".

En sus tiempos florecientes, el almacén de los Agud -ahora cerrado y casi en ruinas- recibía el vino en bordalezas, la harina en bolsas y toda la mercadería llegaba por ferrocarril.

"Aquí enfrente está la estación", sorprende Rubén señalando hacia el monte, ante la incredulidad del cronista que se resiste a pensar que en medio de ese bosque abigarrado y casi impenetrable haya alguna construcción.

"Si encontramos un lugar por dónde llegar podemos verla", invita sonriente el anfitrión, y sin esperar respuesta se interna en el bosque, que de tan tupido no deja pasar la luz del sol. Y así es, nomás. A pocos metros, y semioculto por la vegetación, el viejo edificio ahora sin techo aparece como surgiendo de un cuento ambientado en Macondo. "En esta habitación vivía el encargado, y allí estaba el policía del pueblo", ilustra Rubén. Vanos se hacen los esfuerzos para tratar de llegar hasta las viejas vías o a la estructura principal de la estación, ahora inaccesibles.

"Una de las últimas actividades que recuerdo en este ramal fue durante la Guerra de Malvinas. Por aquí pasaban vagones cargados de armas y cañones para el sur, porque esta línea comienza en Río Tercero y creo que llega hasta el sur. Vi pasar los trenes, pero nunca volvieron", dice mientras se estremece.

Por la misma calle, un poco más allá de los Agud, viven los hermanos Marsol. Armando, de 74 años, y su hermana son los otros dos habitantes del paraje. El cronista se entera que el hombre supo ser mecánico y que antes trabajó en las máquinas cosechadoras, pero casi una decena de perros que rodean al auto cuando paramos frente a la casa pronto nos hace desistir de la intención de entrevistarlos.

El viento continúa formando remolinos de tierra en la única esquina de Francisco Paz. Una camioneta 4x4 pasa a toda marcha y la nube de polvo cubre todo el lugar. La perrada que estaba en lo de Marsol la corre por detrás a puro ladrido. Pronto vuelve la quietud. Mientras, el incesante canto de los pájaros le sigue poniendo música de fondo a tanta paz que, que por ser tanta, hasta parece exagerada.


Una escuela sin chicos, pero con recuerdos

A cincuenta metros del caserío de los Agud está la que alguna vez fuera la Escuela Rural Nº 95. Cerrada desde hace años, el edificio sigue muy bien conservado, aunque el yuyal que lo circunda parece ahogarlo como el progreso hizo con Francisco Paz.

"Como ex alumna del CER Nº 95, escuela rural de ese querido pueblo de mi niñez, tengo muchos recuerdos e historias para contar. Soy tercera generación de alumnos y también fui vecina de esos ocho habitantes que aún quedan. Agradezco infinitamente que se acuerden de Francisco Paz y de su rica historia", dice el texto de un mail que Paola Papeschi envió a LaCapital.

"Yo estudié en esta escuela en la década del 70. Habremos sido una docena de pibes. Después se cerró porque no tenía más alumnos, el campo se fue quedando sin gente y sin chicos", reflexiona por su parte Rubén Agud.

Detrás del edificio escolar se adivina un pequeño sector de camping con mesas y bancos de cemento, al lado de una canchita de fútbol también invadida por el yuyal. Unas botellas vacías de gaseosas revelan que alguien pasó allí un grato momento bajo la frondosa arboleda.

Margarita Tévez vive en Rosario, y si bien no nació en Francisco Paz atesora imborrables recuerdos de su niñez, cuando llegaba en tren para visitar a sus abuelos y tíos, los Martini, que vivían en los campos aledaños.

"Mi madre nació allí, pero a los 18 años conoció a mi padre, se casó y se fueron en sulky a Casilda. Cuando yo era chica iba en tren a Francisco Paz, me bajaba en la estación que estaba enfrente de Agud y mi tío venía a buscarme en moto. «Llegó Margaritella», decía la nona cuando me veía entrar. Era toda una aventura que jamás olvidaré", recuerda la mujer con una emoción que ni el teléfono puede disimular.


Fuente: La Capital (Rosario)



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Nota: Las fotos de este posteado pertenecen al blog de OTMARJ80 de "Taringa".